miércoles, 1 de julio de 2009

Inmunidad, Solidaridad, Responsabilidad . . .

˚.- Este es un país de continuos debates. Algunos interesantes, otros francamente tontos, todos apasionados. Pero hay una constante que los acompaña indefectiblemente: casi nadie sabe exactamente de qué está hablando. Hace algunos días el Ministro del Interior propuso que se regresara al reconocimiento de la inmunidad parlamentaria. El debate no se hizo esperar; todos los plíticos en campaña aprovecharon para denunciar de la manera más estridente posible la propuesta ministerial como si se tratara de un escandaloso intento de consagrar la más absoluta y escandalosa impunidad para los representantes del pueblo, tan duramete cuestionados y juzgados últimamente. La prensa, con la superficialidad que le dá en este país su generalizada ignorancia, contribuyó a la estridencia del debate. Sin embargo, nunca supimos exactamente de que estaba hablando el ministro. Porque una cosa es la inmunidad parlamentaria que se refiere a lo que se dice, propone y discute en el seno de los debates de las Cámaras, inmunidad que debe ser garantizada constitucinalmente como uno de los pilares de la independencia del poder legislativo y de su libertad de expresión, y otra, una inmunidad frente a las responsabilidades penales de los congresistas, que sería totalmente inaceptable e incomprensible, y a la que, con seguridad no aludió el ministro. Total, el aunto nunca se debatió pero se criticó sin que nadie supiera de qué estaba hablando.

El otro tema es el de la ley de víctimas. Los políticos no parecen haberse puesto de acuerdo en lo que constituye un tema de responsabilidad por las víctimas del Estado y otro de solidaridad del Estado con las víctimas de otros agentes distintos de los suyos, como son los que pertenecen a la guerrilla y a las fuerzas irregulares o paramilitares.

Con el ánimo de buscar réditos políticos entre las víctimas, ciertos políticos han armado un revueltijo completamenre equívoco y confuso, pero altamente rentable en términos de ventajas populistas. Y todos, la prensa, el gobierno, la academia jurídica, la iglesia, y ese sector casi siempre despistado pero inevitablemente confundidor que son los llamados politólogos, terminan ensarzados en una estridente e incoherente algazara de clamores, postulados, declaraciones y advertencias que no conducen a nada, porque nadie, o casi nadie tampoco sabe de lo que está hablando él o ella, ni sabe de lo que están hablando los demás.

Y entonces el "debate" muere, quedándo la confusa y vaga impresión de que alguien dijo una cosa tan enorme, que hubo que acallarla con toda la fuerza de la dialéctica nacional.

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